Bogotá en tres días.

Bogotá es una ciudad apasionante, peeero… Colombia es muy grande y bonita, y tiene muchas cosas impresionantes que no se pueden dejar de visitar. Aunque yo estuve casi dos meses viviendo en Bogotá, y la experiencia fue completamente diferente a un turisteo al uso, hay básicos imprescindibles imprescindiblísimos que hay que ver, sí o sí. Allá vamos con un itinerario de tres días en la capital colombiana.

Día 1. Llegada y recorrer La Candelaria.

Lo ideal, idealísimo es que tu hostel / hotel / Airbnb / loquesea se sitúe en el barrio de La Candelaria. Aunque no es la zona más segura de la ciudad, si tienes cuidado y sentido común, es un lugar genial para alojarte: es el pleno casco histórico de Bogotá, y podrás ir caminando a casi todas las principales atracciones turísticas de la ciudad, además de disfrutar con su estilo arquitectónico colonial tan bien conservado.

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Calles de La Candelaria, Bogotá

Si llegas bien temprano por la mañana, yo te aconsejo que dejes tus cosas en el hostel, vayas a almorzar a eso de las 13:00 o 13:30 (si se te hace tarde, puede que te quedes sin almuerzo), y te des un paseo de reconocimiento por las calles de La Candelaria. Este barrio es sin duda la gran estrella de Bogotá, con sus callejuelas empedradas y su impresionante arte urbano.

Al igual que en la mayoría de ciudades latinoamericanas, ubicarse es sencillísimo: hay calles y carreras numeradas, en función de si su dirección es este-oeste o norte-sur, así que perderse es mucho más difícil que en una ciudad europea. Aún así, hazte con un mapa; la mayoría de los hostels te los dan gratis, y podrás localizar los puntos turísticos más importantes del barrio: el Museo del Oro, el Chorro de Quevedo, la plaza de Bolívar, el parque de los Periodistas…

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Las callejuelas que van al Chorro de Quevedo

Un buen plan para el primer día es comenzar en la plaza de Bolívar, y desde ahí recorrer parte de la Carrera Séptima, la vía principal y más importante de la ciudad, donde cada fin de semana puedes ver desde músicxs y artistas callejerxs, hasta artesanía de diferentes estilos, pasando por puestos de comida con arepas increíbles y vendedorxs de libros de segunda mano. En la Carrera Séptima, si caminas con los ojos bien abiertos, puedes ver muchos atractivos turísticos de la ciudad y edificios importantes: el Palacio de Nariño, el Capitolio Nacional de Colombia, el Colegio Mayor de San Bartolomé, la Catedral Primada de Colombia, el Palacio de Justicia, el Edificio Manuel Murillo Toro…, entre muchos otros. Como en cualquier zona céntrica y turística, mucho cuidado con tus objetos personales.

Para finalizar el día, es buena opción hacerse con una botella de chicha y bebérsela tranquilamente en el Chorro de Quevedo mientras va cayendo la noche. Esta plazuela, en plena Candelaria, es el centro de la vida alternativa de Bogotá, y en las calles que conducen a ella hay desde bares, pubs y restaurantes, hasta estudios de tattoos y tiendas de artesanía. Sea ahí tomando el fresco y disfrutando de lxs músicxs que suelen tocar allí, o sea tranquilamente en el hostel, tienes que tomar chicha. Lo siento, es una bebida alcohólica, pero madremía québuenaestá.

Día 2. Subida a Monserrate y museos.

Despiértate bien temprano porque el día viene fuerte. Para hoy, tienes dos opciones: si te sientes fuerte de piernas y con energías, ¿por qué no subir al cerro de Monserrate por el sendero peatonal habilitado? El camino, mientras no te desvíes, es seguro y es bastante agradable. Si no, siempre puedes montar en el teleférico que te sube hasta el cerro. Sin duda, las vistas merecen la pena. Aquí puedes encontrar información sobre tarifas y horarios.

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He aquí las vistas de la ciudad desde Monserrate

Puedes almorzar en Monserrate, aunque yo te recomiendo bajar y buscar algún restaurante barato cerca del Chorro de Quevedo. Allí siempre se encuentran bares para comer mucho más locales y más baratos. Y de ahí, es cuestión de tomarse un tintico o café, ¡y a ver museos!

Dato sobre el café: en Bogotá se dice “tinto” o “tintico” cuando es café solo, y muchas personas lo hacen utilizando aguapanela en lugar de agua normal. Los tintos son muchísimo más suaves que el café solo de España, y está mucho más rico. Si eres cafeterx, ¡tienes que tomarlo así!

Si no eres de siestas y quieres aprovechar muy bien el día, lo mejor es que vayas recién almorzadx a alguno de los museos que hay en Bogotá; date prisa, porque cierran a las 18:00. Yo he visitado tres de ellos, y cada uno es muy diferente:

  • Museo del Oro. Este museo es impresionante, porque está repleto de piezas precolombinas de oro, y de historia de las civilizaciones indígenas. Yo pude aprender muchísimo cuando lo visité, eso sí, es enorme y un poco agotador, pero merece la pena. Aquí tienes más info.
  • Museo Nacional. Este fue mi favorito, favoritísimo. Aquí tienes toda la historia de Colombia, hasta los sucesos más recientes. Te ayuda a entender muchísimo sobre la situación actual del país. Info sobre horarios y tarifas.
  • Museo Botero. Si te gusta la pintura, este museo alberga las obras de uno de los pintores más famosos de Colombia: Fernando Botero. Aquí tienes más info sobre horarios y tarifas.

Lo genial de los museos es que son increíbes y muy baratos: suelen costar, si eres adultx y no vas alguno de los días en los que la entrada es gratuita, unos 4000$, lo que supone alrededor de 1,10€. ¡Merece la pena!

Como seguramente salgas cansadx del museo, toca descansar un poquito en el hostel, cenar algo y… ¡empezar a pensar en rumba! Al ser una zona con bastantes universidades, a partir de los jueves hay bastante vida nocturna juvenil en el barrio, por lo que hay opciones a beberse una pola bien fría en bares y pubs de estilo alternativo que merecen mucho la pena, si te quedan ganas después del largo día de hoy. Y, hablando de cervezas, las BBC (Bogotá Beer Company) son artesanales y están bien buenas, mi favorita es la BBC Monserrate.

Día 3. Más museos y algún que otro free tour

¡Buenos días, amigx! Hoy es tu último día. Ya bien descansadx, si tienes el cuerpo para visitar alguno de los dos museos que te dejaste sin conocer, hoy es el día. Durarás toda la mañana, pero créeme: merece la pena. Si, por el camino, puedes pasear por la Avenida Ambiental y conocer el Parque de los Periodistas, ¡mejor que mejor!

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El Parque de los Periodistas

Para una tarde más relajada, después de la paliza de ayer, lo mejor es que reserves alguno de los interesantísimos free tour que suelen ofrecer empresas turísticas y que se reservan en los mismos hostels. Hay uno especialmente interesante, el de la Violencia y la Paz, que yo recomiendo para conocer la historia reciente del país. Ya que venimos, nos empapamos bien.

Para dormir…

Yo no puedo dejar de recomendar jamás el hostel Casa Bellavista. Sólo tengo buenas palabras para este lugar, en el que me trataron como una familia. Los dueños, don Gerardo y doña Nubia, son personas encantadoras, y se encargan de que el ambiente del hostel sea acogedor y todo el mundo esté a gusto e integradx con el resto de lxs viajerxs que se alojan allí. Las camas son lo más cómodo que me he encontrado jamás en un viaje; el desayuno es gratuito y está delicioso; hay café y té incluidos en el precio hasta por la tarde; los baños están muy limpios y las duchas son calientes; en la planta de arriba hay una sala común con hamacas y una mesa con sofás en la que es posible hacer vida común y pasar ratos agradables con otrxs viajerxs. Además, hay ordenadores disponibles con buena conexión a Internet, para quien necesite hacer cualquier tipo de gestión o trabajo. Por no hablar de la ubicación… en plena esquina del Chorro de Quevedo, en un momentico estás ahí bebiendo chicha y poniéndote las botas.

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Uno de mis lugares favoritos del mundo entero: Hostel Casa Bellavista

Aunque yo me alojé en Casa Bellavista, en los alrededores hay varios hostels que tienen buenas recomendaciones: Fatima Hostel Dorms, Graffiti Hostel Bogotá, CGH Candelaria Boutique, Masaya Hostel Bogotá, entre muchos otros.

Para comer…

Hay varios lugares donde se puede comer muy bien y puedes probar comidas típicas colombianas, peeeeero si te vas a alojar por La Candelaria, tienes un alto riesgo de que te guirifiquen y pagues más de lo que cuesta un almuerzo rolo al uso. A mí me pasó el primer día, y aunque el patacón me sentó como una gloria, pagué casi tres veces más de lo que cuesta un almuerzo normal completo.

Tras casi dos meses en Bogotá, hay una regla que aprendí y por la que me guié siempre en el resto de ciudades que visité en Colombia: el bar que menos llama la atención es el más rico, el más barato y el más local. Si el nombre del bar se puede ver en letras blancas en un rótulo de Postobon, mejor que mejor.

Un almuerzo rolo normal y corriente, del que toma la gente de allí, suele tener dos platos: una sopa con verduras, arroz, legumbres y carne, y un plato con arroz, plátano frito o tajada, carne o pescado, ensalada y alubias negras, todo esto normalmente acompañado de un vaso de jugo. A mí esta comida me parece una fantasía, adoro comer y los almuerzos colombianos me hacen muy feliz, pero esto es como todo: según el plan de viaje que lleves y tu espíritu vital, esto te parecerá ameisin, o preferirás irte al norte a un restaurante elegante, like a señora bien, señora fetén. En Bogotá, según la zona, hay precios de todo tipo, pero por La Candelaria, un almuerzo de este tipo suele costar entre 6.000 y 9.000 pesos colombianos, aproximadamente, que son entre 1,60€ y 2,40€.

En cuanto a platos típicos, no podéis dejar de probar el ajiaco, el patacón, los buñuelos, las arepas y las empanadas. Mamma mía.

Para desplazarte…

El principal transporte público en Bogotá en el Transmilenio, una especie de autobuses gigantes que más bien funcionan como un metro, con sus propias vías y estaciones. Los transmis suelen estar bastante masificados y son un poquito incómodos por esto, pero es la forma de viajar si de verdad quieres conocer cómo vive la gente de a pie en la ciudad. Lo primero que debes hacer es hacerte con una tarjeta TuLlave en las ventanillas de las estaciones, que vale 5000$ (cerca de 1,40€), y recargarla, contando que 2400$ es un viaje en transmi (0,66€).

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Transmi, transmi…

Pero, si vas a estar alojadx en La Candelaria y vas a visitar zonas cercanas, te será más fácil y productivo ir caminando, así que quizá sólo tengas que tomar transporte desde el aeropuerto o a alguna zona más apartada. Para eso, tal vez te conviene utilizar Uber o un taxi normal y corriente. Yo, muy a mi pesar por el tema de las VTCs, decidí utilizar Uber por seguridad, ya que los taxis tienen mayores riesgos. Aún así, si decides coger taxi, ten en cuenta que:

  • Mejor utilizar aplicaciones oficiales de taxis, como EasyTaxi o TAPPSI, o solicitarlo por llamada antes que tomarlo en la calle.
  • Fíjate bien en el número de placa del taxi y en el número de identificación. No cojas taxis que veas que no son oficiales.
  • No lleves objetos de valor visibles, e intenta que no se te vea demasiado desorientadx. Seguridad ante todo, por si acaso.
  • Haz caso a la gente que vive en la ciudad. Ellxs saben mejor que nadie qué aconsejarte sobre tomar taxis y transporte público.

Si quieres más días…

Hay varias cositas que nos dejamos en el tintero:

  • Laguna de Guatavita. Si queréis conocer cómo hice yo este viaje, seguro que os resulta mucho más interesante de lo que pueda decir cual fría guía turística. Sólo deciros que, de verdad, merece la pena.
  • Minas de sal de Zipaquirá. Hay quien recomienda Nemocón, y quien se decanta por Zipaquirá. Cualquiera de las dos excursiones son interesantes, porque son impresionantes minas de sal que merece la pena visitar.
  • Planetario. Para el Planetario no es necesario salir de Bogotá, se puede ir caminando desde La Candelaria, así que con una mañana o una tarde más, basta para visitarlo.
  • Torre Colpatria. Lo interesante de la torre Colpatria es que puedes subir a su azotea y ver las vistas de toda la ciudad al atardecer.
  • Mercado de las Pulgas. Este mercado sólo está los domingos, así que si lo pillas durante tu estancia de tres días, ¡tienes que ir! Es impresionante ver todas las reliquias que se venden, y las cosas que puede unx llegar a encontrar.

Bueno, amiguis, a disfrutar ❤

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Algarveando en seis días.

El Algarve es una región ameisin de Portugal, muy bonita y a la que lxs españolxs no le hacemos ni caso. Desde luego, no tenemos ni idea de la vida. Belu y yo llegamos por casualidad y ni un chavo poca capacidad monetaria a plantearnos pasar nuestros tradicionales días de vacaciones anuales en el sur del país.

Nuestro planteamiento para poder visitar el Algarve era en principio recorrer Faro, Lagos y Albufeira, pero las cosas cambian y mi amiga y yo acabamos dejándonos llevar por el curso de los acontecimientos. Total, que íbamos a pasar dos noches en Faro, dos en Lagos y una en Albufeira, y acabamos pasando tres en Lagos y dos en Albufeira. ¿Lo hicimos bien? ¿No? Quién sabe.

Hubo bastantes cositas que nos dejamos por visitar, como pasa siempre; el desconocimiento del terreno es lo que tiene y no planificamos demasiado el viaje. Así como menciones especiales, hubiera sido genial conocer Sagres y el Cabo de San Vicente o Tavira, pero nuestro tiempo, presupuesto y ganas de andar parriba y pabajo eran limitados. Queríamos playitas bonitas para estar agusto, un poco de fiesta y acantilados y rocas impresionantes, además de conocer la mítica cueva de Benagil, y eso es lo que obtuvimos. Ave Algarve.

Así que este post no es una recomendación indiscutible de ruta por el Algarve, sino la ruta Frankenstein de 6 días que hicimos al final, que no estaba demasiado planeada, pero que nos encantó. Que lo importante es la actitud, hombreya.

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Un mapita, para que os situéis. Sacado de https://www.lonelyplanet.com

Día 1. Llegada a Faro… digo, a Lagos.

A ver, a ver, a ver. La verdad es que no voy a contar cómo, porque me da un poco de vergüenza, peeeero en un principio íbamos a Faro, y acabamos en Lagos. Como podéis ver en el mapa de arriba, decidimos Faro porque planificamos fatal la ruta, para qué nos vamos a engañar. Total, que, por cuestiones de la vida, acabamos en Lagos, así que, mochila a la espalda, bajamos del bus que nos traía desde Sevilla y nos dirigimos al hostel.

Antes de continuar, decidimos viajar en bus con ALSA desde Sevilla porque era la forma más barata. El plan fue: tren desde nuestra ciudad a Sevilla, y allí, autobús hasta Faro. Mucho más barato, aunque más pesado, que viajar en avión.

Y a las 14:15, muertas de hambre, almorzamos un plato de pasta riquísimo y llegamos a nuestro hostel, que era este. Sí, lo habéis adivinado: el más barato. Aunque el encargado era agradable, había un viajero austríaco trabajando con él a cambio de alojamiento que era lo más pesado, sexista y machirulo del mundo, pero ahí fuimos, lidiando con la situación como dos señoras que somos. Aunque el hostel en sí no era bonito ni especialmente cómodo, tenía buena ubicación, en pleno centro de Lagos.

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Dos señoras

Una vez asentadas y apañadas, nos vamos a la playa. En concreto, a una de las tres que visitaremos en Lagos, aunque hay muchas más: Meia Praia, que estaba a escasos 5 minutos de nuestro hostel.

Meia Praia es una playa bastante estándar: es larga, hay gente, el agua del Atlántico está muy fría, y es bonita en comparación con algunas del Mediterráneo, pero no era lo que buscábamos. Si vas con tu familia, está muy bien, está cerca del centro y es donde más gente hay. Como veníamos cansadas del viaje y no teníamos muchas ganas de explorar, nos tiramos a la arena y a rebozarse al solecito, como buenas gambas.

Y ya por la noche, pues tocaba una cenita, un paseíto, unas cervecitas… Lo típico. Pasear por Lagos de noche es algo que hay que hacer, es una ciudad pequeñita y agradable, que conserva su casco antiguo en muy buenas condiciones, y que nos recordaba bastante a los pueblecitos costeros andaluces.

Con esto y un bizcocho…

Día 2. Playitas de Lagos y ruta en kayak.

Ya descansadas y recuperadas después de la noche de cervezas, toca explorar. En esta ocasión, decidimos olvidarnos de free tours (tampoco estoy segura de si hay free tours en Lagos), coger las mochilas y la cámara y, bikini y zapatillas de explorar puestas, dejarnos llevar por el viento y por el mapa.

Tanto el administrador del hostel y su ayudante como Internet nos recomendaban buscar la Praia Dona Ana, y allá que fuimos, pero esta playa es la que más lejos está del centro de la ciudad, de todas a las que se puede llegar a pie. Así que, por el camino, nos encontramos otras dos playitas que nos robaron el corazón: la Praia dos Estudantes y la Praia do Pinhao.

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Praia do Pinhao, Lagos. Foto de BegAudiovisual

 

 

Sin duda, nos quedamos con estas dos playitas, de todas las que pudimos visitar en varios pueblos del Algarve. La Praia do Pinhao es un clarito de arena en mitad de acantilados, con sombra, pocas olas, algún que otro hippie o viajero guiri bohemio, y mucha paz y calma. Se aleja completamente de las playas más turísticas y masificadas, a pesar de que es conocida, por lo que, si necesitas alejarte de la gente y descansar agustito, este es tu lugar. Hay muchas cuevas y rocas por las que meterte, aunque hay que ir con mucho cuidado.

A la Praia dos Estudantes se llega por un túnel rocoso natural a la izquierda, y está separada de la Praia do Pinhao por apenas unos metros. Ambas son muy similares, tan similares que pensábamos que era una única playa. Sin duda, merecen la pena. Aprobadísimas.

El 7 de agosto a las 16:30 nos tocaba el tour en kayak desde Lagos para ver la Ponta da Piedade. Este tour fue, sin duda, lo que marcó nuestro viaje, una de las experiencias más bonitas y divertidas que hemos vivido jamás, y lo que recordamos con nostalgia cada vez que hablamos del viaje al Algarve. Ponta da Piedade es un cabo formado por muchos acantilados y formaciones rocosas, cuevas y túneles, columnas de piedra… Imprescindible, porque de verdad que es impresionante. Hay varias formas de ver el cabo, pero si puedes y te apetece, ¡tírale al kayak! De verdad, es genial. ¿Se nota que me encantó la experiencia? Sí, pesada, cállate.

Como nunca se debe desaprovechar la oportunidad de criticar el patriarcado, debo decir que tuvimos una experiencia un poquito fea. Como el kayak es de dos personas, el guía asumió automáticamente que, por ser dos mujeres, ninguna de las dos sabría manejar el kayak, y tendría que separarnos y ponernos con otros dos de los hombres que iban a hacer el tour igual que nosotras. Yo me quedé un poco loker, pero Belu plantó su flor y dijo que de eso nada, que ella manejaba kayak. Y lo manejamos mejor que ellos, no nos caímos ni una vez.

Día 3. Cueva de Benagil.

Una de las cosas en las que más expectativas habíamos puesto eran las Cuevas de Benagil. El tercer día de nuestro viaje, a las 11:00, teníamos reservado un tour en barco desde Portimão para ver las Cuevas, así que allá que fuimos: nos levantamos bien temprano, cogimos el tren que nos llevaría a Portimão, y nos dirigimos al punto de reunión.

El tren que viaja entre las ciudades y pueblos del Algarve es una especie de tren regional, muy sencillo de usar: una vez que te descargas el plan de horarios y recorridos, es cuestión de ir a la estación, comprar tu ticket en el momento, y ya lo tienes. Además, estos trenes tienen hasta cierto encanto, por lo antiguos o vintage, que dirían algunxs.

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He aquí la maquinaria. Foto de BegAudiovisual

Portimão no parece ser especialmente turística; a pesar de que algunas de sus playas son las más visitadas, su centro urbano sigue manteniendo su propia esencia. Nosotras tuvimos la oportunidad de pasear un poco antes de llegar al tour, y pudimos recorrer el puerto y algunas de sus calles. Finalmente, llegamos al punto de reunión, emocionadas por la idea de ver las famosas Cuevas de Benagil.

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¿Veis a todas esas personitas de ahí? Pues ninguna éramos nosotras.

Aunque el tour en barco fue chulísimo, sí es cierto que, después de la excursión en kayak, se nos quedó un poco cojo. Ni siquiera pudimos desembarcar en la playa que hay en la cueva, sólo pudimos verla de lejos y, aunque es impresionante, hubiera sido mucho más divertido poder bañarse y ver el gran agujero desde debajo. A pesar de todo, merece la pena; si podéis encontrar un tour que os permita entrar en la playa, muchísimo mejor. Pero las Cuevas de Benagil hay que verlas, sí o sí. Además, si estás en un momento turbio de tu vida, ir situada en el barco de tal forma que el viento te dé en la cara te hace sentir una diva y parece que nada puede contigo, basado en hechos reales. Ah, e hicimos amiguitas, que eso siempre está bien.

Día 4. Más Lagos y para Albufeira.

Como seguíamos enamoradas de la Praia dos Estudantes y de la Praia do Pinhao, volvimos a Lagos, a nuestro hostel de dudosa reputación, y disfrutamos un poquito más de recorrer los acantilados y las formaciones rocosas escondidas de la costa. Íbamos relajadas, así que este fue el día en que decidimos buscar la Praia de Dona Ana, que era de la que mejor nos habían hablado. Esta playa es un poquito más turistificada que el resto, teniendo en cuenta que está rodeada de hoteles, restaurantes y chiringuitos; había más gente, menos ambiente bohemio y más familias con sus niñxs correteando por allí. La playa no tiene un acceso tan sencillo: son dos escaleras, no demasiado cómodas, y ningún acceso para personas con movilidad reducida. Pero, en fin, como nosotras no nos quedamos cortas en eso de explorar cual Doras, descubrimos una cueva muy divertida a la que yo no entré porque me daba miedo, y así, sin mayor sobresalto, disfrutamos de un día de playa muy relajado y de una noche muy divertida en los pubs y discotecas de la ciudad.

Día 5. Albufeira.

Rumbo a Albufeira: la Ibiza del Algarve. Bastó llegar a una de sus playas, Praia Sao Rafael, para darnos cuenta de la gran diferencia entre el resto de ciudades que habíamos visitado hasta entonces y esta. Albufeira tiene todo aquello que busca un turista estándar que veranea en el Mediterráneo: restaurantes y bares de comida rápida, pubs de día y de noche, tiendas de souvenirs con colchonetas hinchables de cocodrilo y camisas de flores, playa en la que estar agustito sin demasiado estrés, y… fiesta. Mucha fiesta.

El hostel donde dormimos en Albufeira era este, notablemente mejor que el de Lagos. Más que al típico hostel de mochileo, Rich & Poor Hostel se asemeja más a un hotel al uso, con alguna que otra zona común, su cafetería y sin desayuno gratis habitaciones y camas perfectamente pulcras y acondicionadas. En el hostel nos trataron bastante bien, y además hicimos amigos chilenos, brasileros, italianos y franceses, así que lo pasamos bastante bien, bebiendo cerveza unos refrescos en la azotea-terraza del edificio.

No hay mucho más que decir de Albufeira, excepto que tiene mucha vida y, sobre todo, mucha vida nocturna. También es un destino perfectamente válido para familias, o para personas a las que les apetece relax en la playa y ponerse tostaditx al sol.

Día 6. Vuelta a casa.

Ya os imagináis la depresión: un viaje divertidísimo, con excursiones emocionantes, conociendo a un montón de gente, y… vuelta llegada a Faro para coger el bus de vuelta a Sevilla.

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¡Chao, Algarve!

Si nuestro plan hubiera sido un poquito más cultural, y hubiéramos tenido más días para visitar el Algarve, hubiera merecido bastante la pena pasar algún día en Faro. Aunque las recomendaciones que habíamos leído no eran demasiado buenas, en la mañana que pasamos allí para tomar el bus de vuelta a España pudimos ver que tenía sus calles con encanto. Probablemente, a la próxima toque hacer una parada un poco más larga, ya que no deja de ser la capital de la región y seguro que merece la pena.

Y si has llegado hasta aquí, ¡seguro que te apetece ver el vídeo de nuestro viaje que Belu grabó y editó! Et voilà.

Unos cuantos puntos clave…

  • Si vas al Algarve, ¡no te olvides de visitar Lagos! Si quieres una ciudad un poquito más fiesta mediterránea style, pasa por Albufeira.
  • Imprescindible el tour en kayak para ver Ponta da Piedade. Nosotras lo reservamos con esta empresa.
  • Si puedes escoger un tour que te asegure parar en la Cueva de Benagil para que puedas bañarte en su playa, ¡mucho mejor!
  • Recorre, recorre, recorre. El Algarve está lleno de acantilados impresionantes y playas escondidas que te dejan sin aliento.
  • Si puedes ir al Cabo de San Vicente, cosa que nosotras no hicimos, ¡aprovecha! Debe ser muy bonito.
  • Los dos tours que hicimos los reservamos por medio de Get your Guide.

Trasteando con la cámara por Granada.

Antes de nada, quiero aclarar que estoy haciendo trampas. Esto pasó en septiembre de 2017, y aún no había subido el post. Ya me vale…

Volver a la ciudad de tu corasón siempre está bien.

Como cada curso desde que empecé la Universidad, me cambié a un piso nuevo, y esto implica mudanza. Para la mayoría esto es un rollo como una señora Catedral de grande, así que decidimos amenizar un poco el tema, y nos fuimos unxs cuantxs amigxs a pasar allí el finde. Lo vi una muy buena ocasión para cogerle prestada la cámara a mi hermana, y trastear un poco -y muy mal- con ella.

Así os enseño un poco más de mi mundo, ¿por qué no?

Como podéis ver, nos hizo un día un poco serio para viajar, pero no hay nada que no se solucione con unas risas con amigxs.

Llegamos, descargamos, nos hicimos un poco con el piso y nos preparamos para cenar y salir un rato -quien dice un rato, dice que llegas a las 6 de la mañana a casa. Pero , cosa de poco. Prontito, haré una entrada para recomendaros lugares donde salir a tapear por Graná, y pubs y discotecas alternativos para alejarse un poco de lo masivo y lo tradicional 🙂

Después de un buen café para recargar fuerzas, nos dimos un paseo por el Albayzín, el barrio más emblemático de Granada. Si nunca habéis estado, os recomiendo visitarlo: es un puzzle de callejuelas pequeñas, inclinadas, empedradas, callejones sin salida, miradores impresionantes… No tiene desperdicio caminar y perderte por sus rincones.

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Acabamos subiendo al mirador más turístico del Albayzín: el mirador de San Nicolás. Aunque está algo masificado, sobre todo en fines de semana y en verano, se puede disfrutar de una vista impresionante de la Alhambra si no te has ahogado subiendo por el camino. Normalmente, hay cantaores flamencos que le dan al mirador un ambiente mágico, además de bastantes vendedores ambulantes con cositas muy interesantes.

Justo al lado del mirador, en la Plaza de San Nicolás, está la Mezquita mayor de Granada. Si pasáis por allí, no os la perdáis: la entrada es gratuita, y hay acceso total a los jardines y a su interior, a excepción de la zona de rezos.

Tras echar un rato por la zona, nos bajamos para llegar al Bañuelo, una tetería de estilo árabe con una terraza impresionante, en la que puedes encontrarte a la Alhambra de frente mientras tomas un delicioso dulce árabe y un té o un smoothie. Nosotros probamos los dulces de nueces y canela, almendras y pasas, y nos encantaron.

Después de la parada en boxes, bajamos hasta el Paseo de los Tristes, una acera que discurre al lado del río y que sin duda merece la pena visitar -¡de triste, nada!

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La visita turística acabó metiéndonos entre pecho y espalda una buena pizza antes de salir un rato de jarana por ahí. ¡La vida del estudiante…!

¿Os gustaría que os recomendara sitios de Granada? ¿Habéis estado? ¿Me recomendáis algún rinconcito a mí, si os apetece, en los comentarios? 🙂

Laguna de Guatavita, o cómo dejarte llevar por las aventuritas de la vida (I)

Hoy vengo a contaros una historia, o, como dicen en Colombia, “un cuento”. Pues es que esto estuvo gracioso, parse, y en el momento pensé: “esto es una aventurita digna de ser contada”. Hasta tiene moraleja, señorxs.

Estaba yo en Bogotá, capital de Colombia, realizando un voluntariado en un proyecto de cooperación internacional con menores y familias (de todo esto os hablaré próximamente), cuando de repente, un fin de semana, pensé: “oye, y si me voy a conocer un poco de los alrededores, que ya que estoy aquí y tengo algo de tiempo libre…”. Además, estaba un poco saturada de andar todo el día rodeada de gente, así que pensé que quizás sería buena idea hacer mi primera mini-escapada en solitario. Ya sabía que disfrutaba estando sola, estaba segura de que sería una buena experiencia.

Pues a esas que me fui, con mi bolso de colombiana colgado del hombro, con mis deportivas y mis mallas, que no se note mucho que soy guiri, para preguntar a las personas que tuvieran cara de ser simpáticas que para dónde se iba hacia Guatavita.

Guatavita es un pueblo a 53 km de Bogotá, hacia el nororiente, cuyo principal atractivo turístico es la laguna de Guatavita, cuna de la famosa leyenda de El Dorado. No obstante, la laguna se ubica en Sesquilé, aunque también es posible llegar fácilmente desde Guatavita.

El Transmilenio, que es el principal transporte dentro de la capital, me dirigió hacia la Estación del Norte, desde donde salen los autobuses hacia las diferentes ciudades del norte del país. Los autobuses, que hacen trayectos de largas horas por vías que no necesariamente están en buen estado, son cómodos, grandes y bastante nuevos, pero claro, yo no iba en un autobús. Qué me creía yo, si apenas era una hora desde Bogotá.

Yo iba en una buseta.

Chan chan CHÁAAAN.

¿Habéis visto Harry Potter y el Prisionero de Azkabán? ¿Os acordáis del autobús noctámbulo? He ahí una buseta.

Las busetas son privadas, y están decoradas a gusto del propietario. Lo mismo te encuentras una estampa de la Virgen con rosarios colgando, que imágenes de Rambo, que hadas fantasía estilo Victoria Francés (duro con la adolescencia gótica). Y, por supuesto, salsa y cumbia sonando de fondo. En la buseta te subes, te acomodas como puedes, y disfrutas del trayecto al más puro estilo Need for Speed, cuidando bien de no estrujar a tu compañerx de asiento contra el cristal.

Yo estaba un poco angustiada porque no tenía muy claro dónde me tenía que bajar, pero al final, cuando unx lleva buenas vibraciones encima, acaba dando con gente amable, y una pareja joven me indicó que ellxs bajarían en Guatavita y que me avisarían para que bajara. Después la pareja me indicó cómo hacer para llegar hasta la zona donde salían los buses lanzadera hacia la laguna, y allá que partí, con alegría de vivir, hacia una tiendecita en una calle casi vacía, sin caer en la cuenta de que era martes, y de que ya me habían advertido que tendría problemas.

“Hola, mamasita, mire, pues es que las busetas que viajan hasia la laguna ahorita no salen porque es martes, pero si usted se espera de pronto pueda encontrar un carro que la aserque.”

Efectivamente, ya me lo habían comentado, y así me lo confirmó la mujer que trabajaba en la tiendita: la laguna estaba a varios kms, si iba caminando iría sola por senderos que no conocía y se haría de noche. La única opción que me quedaba era esperar a que aparecieran más turistas que quisieran visitar la laguna, y pagar entre todxs un taxi que nos llevara por 60.000 pesos, ya que yo sólo llevaba el dinero justo para almorzar allí y volver a Bogotá. Pero aquello estaba desértico, y la noche caería pronto. No quedaban muchas esperanzas, había viajado para nada.

Me senté, desolada, a almorzar para quitarme un poco la pena y empezar a procesar que había perdido el tiempo completamente, y que seguramente me marcharía de Bogotá sin conocer la laguna. Por mi cabeza pasaban mil opciones, y ninguna era viable. Sólo un ángel de la guarda o un ser de luz que acudiera en mi ayuda podría darme la solución.

Y efectivamente, allá que estaba el ser de luz, en forma de señor mayor campesino guatava (sí, he tenido que buscar el gentilicio en Google), apoyado en la puerta de la tiendita.

“Yo la llevo a la laguna y la espero del otro lado, se lo dejo en 50.000 pesos para haserle el favor y que no haya venido hasta acá para nada.”

“Señor, yo se lo agradezco, pero es que mire, sólo me quedan 40.000 pesos, porque tengo 7.500 para volver hasta Bogotá y no me queda nada más.”

El hombre encogió los hombros, me miró con cara de “madre mía, no tiene remedio”, y me hizo un gesto con la cabeza.

“Venga, suba, yo la aserco, que se va a haser de noche.”

Le prometí que le invitaba a una pola cuando volviera a Guatavita, y vaya que volveré, y vaya que le invitaré a una pola.

El coche, o carro, como dicen allá, iba traqueteando por caminos rurales rodeados a un lado y al otro de explanadas y plantaciones verdes, con vacas pastando. El campesino era un hombre muy amable, que me explicó cómo se abastecía Guatavita, qué cultivos exportaba a Bogotá y de dónde conseguían el agua. También me preguntó de dónde era y qué hacía allí. Escribiendo esto, se me escapa una sonrisa, porque en esos momentos me sentía relajada y a gusto, pero algo muy dentro de mí me decía: “Irene, estás en un coche en mitad del campo colombiano con un señor desconocido que te está llevando, supuestamente, a una laguna. ¿Estás segura de esto?”. En serio, hay más gente amable de lo que nos dicen en las noticias.

Por fin llegué a la laguna. Si os interesa el tema de precios y un poquito más de información práctica sobre la visita, os la dejo más abajo en este mismo post. Por mi parte, he de decir que merece muchísimo la pena, la sensación de respirar aire puro a 3100 metros de altura, después de vivir el aire contaminado de Bogotá, sana a cualquiera. Yo, que no sé mucho sobre plantas, disfruté una barbaridad con todas las historias que nos estuvo explicando el guía sobre los usos que se le da a la flora que rodea la laguna. En mi grupo, bastante pequeño al ser martes, sólo estábamos un alemán, una familia y yo.

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Yo aquí, plantá, al lado del lago

De repente, en lo alto del mirador desde donde se ve la laguna, el guía nos dice que finaliza la visita, y que desde ahí nos toca bajar por nuestra cuenta. Él sabe que yo voy sola, y le comento que el señor que me llevó hasta la entrada me esperaría al otro lado, donde el parqueadero, pero que yo no sabía llegar. Imaginad, yo sola, perdida en un parque natural, con las nubes por ahí rondando, a punto de caer el diluvio (sí, en Colombia de repente hace sol y de repente te cae un aguacero del carajo), y a pocos minutos de anochecer. Me tocaba no sólo bajar sola, sino encontrar el parqueadero y confiar en que el señor del coche me estaría esperando.

¿Vuelve ahora a Bogotá?“, me pregunta el guía, una vez que el resto de gente se marcha.

Sí, ahora me toca volver, tengo que coger una buseta de vuelta“.

Bueno, si me espera yo viajo ahora para Bogotá, yo la recojo y la llevo. Le dise al señor del carro que la deje en donde se coge la buseta de vuelta, me espera allá que yo llego en quinse minuticos“.

Ante este tipo de situaciones, una puede tomar dos alternativas. La primera es aceptar que hay gente amable en el mundo, y que quizá tu forma de ver las cosas no se corresponde con la mirada que impera dentro de una sociedad o comunidad concreta. La segunda es dejarte llevar por tus miedos, y prevenir antes que lamentar. Aunque yo me había guiado en todo momento por la primera opción, en este caso me pasé a la segunda, y decidí agradecerle muy amablemente, pero tomar la buseta que me llevaría de vuelta a Bogotá.

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Las vistas desde lo alto del parque natural

Y allá que bajé caminando, rodeada de árboles y plantas que no conocía, escuchando sólo el sonido de la naturaleza y nada más. Escuchándome. Reduje el ritmo, caminé más lento, observé un poco más, dejé que el miedo por estar sola se diluyera.

Por fin llegué al parqueadero, que no era otra cosa que una explanada de hierba verde con vacas y gallinas y el señor conductor guatava junto con un compañero, sentados bajo la sombra de un árbol, charlando sobre su día. Ojalá pudiera transmitir lo bonita que fue esa imagen para mí, la paz que me dio. El señor conductor me hizo un gesto, se levantó y nos dirigimos al coche.

El trayecto de vuelta fue igual de agradable que el de ida. Le dije al señor que volvía a Bogotá, que si no le importaba dejarme donde se tomaba la buseta de vuelta. Y allí me dejó. En mitad de la carretera, al lado de un señor de largo pelo blanco que esperaba pacientemente, mirando el horizonte, con una gran mochila a su espalda.

Y lo que pasó a partir de aquí, ya os lo cuento otro día.

Un poco de información práctica:

  • Como os comento, es recomendable ir a la laguna en fin de semana, ya que están disponibles los buses lanzadera que te llevan a la entrada por 5.000 pesos (menos de 2€). Si vas en grupo, esto es un poco más irrelevante, porque podrás pagar un taxi que te lleve por 60.000 pesos ida y vuelta, que entre 5 (12.000 pesos) no supone más de 3,50€ por persona.
  • Lleva calzado cómodo y agua para hidratarte, porque desde la entrada hasta la laguna hay subida, y el guía que me tocó a mí iba a buen ritmo (aunque es una caminata que pueden hacer niñxs sin problema). Depende del grupo, se puede tardar entre 1 y 3 h en hacer el recorrido completo.
  • El parque donde está la laguna abre cada día de 9:00 a 16:00 excepto los lunes. Hay que tener en cuenta que en Colombia a las 18:00 ya está anocheciendo todos los días del año. El costo de entrada es de 18.000 pesos (unos 5€), con el guía incluido.
  • En caso de que te pase lo que a mí y no haya bus lanzadera, no regatees como hice yo. Lo mío fue una situación excepcional, no sabía cuánto dinero me iba a costar el viaje, el hombre decidió hacerme el favor para no haber viajado en balde, y la gente que te trae y te lleva vive de eso. Al cambio en euros, no es tanto dinero. No seas así.

Abrazos para todxs ❤

Diez buenas series que pasan el test de Bechdel.

¡Hoy, ya estrenado el año, estamos aquí para hablar de feminismo! Sí, amiguitxs, en los tiempos que corren no viene mal un poquito de lucha antipatriarcal, aunque sea analizando bien los productos que consumimos. No hay que subestimar nuestro poder como consumidorxs, jamás de los jamases.

Y, dado que actualmente las plataformas de visionado on-line son uno de los productos estrella, ¡toca hablar del test de Bechdel!

El test de Bechdel conforma un buen método bien sencillo para evaluar si estamos consumiendo series y películas con una buena o escasa representación femenina no asociada a los roles de género heteropatriarcales. Surge en la tira cómica The Rule, elaborada por la historietista Alison Bechdel, aunque la idea se atribuye a una amiga de Bechdel, Liz Wallace.

Para saber si estamos ante un contenido con una representación femenina decente, la serie o película en cuestión debe reunir los siguientes requisitos:

  1. Aparecen mínimo dos personajes femeninos.
  2. Estos personajes mantienen una conversación en algún momento.
  3. Esta conversación no se limita a asuntos relacionados con un hombre, más allá del interés romántico.

Como una, cuando se pone las gafas violeta, ya jamás para de detectar misoginia y patriarcado allá por donde pasa, pues las series y películas que no cumplen unos mínimos ya hasta incomodan. Así que aquí van diez series que no sólo pasan el test de Bechdel, sino que encima molan un montón. Recomendación de la casa.

Allá vamos:

1) Orphan Black. Muchos clones, y casi todas mujeres que luchan contra conspiraciones mundiales biológicas súperextrañas. Orphan Black es genial porque acabas cogiendo muchísimo cariño a todas las protagonistas, te emocionas, te enganchas y sufres con la trama, aunque no te enteres mucho de la mitad. Da tantos giros que al final acabas mareada, pero creedme cuando os digo que merece la pena. Apenas hay trama amorosa, y visibiliza a la comunidad LGTB+ como pocas series lo hacen. Aprobadísima.

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Sí, es la misma actriz. Foto: serielizados.com

2) Juego de Tronos. Qué más podemos decir de ella. Sólo se puede añadir que no se limita a aprobar rotundamente el test, sino que su trama está marcada por mujeres fuertes, guerreras de toda clase, que luchan en un mundo hostil para ellas, son conscientes y sacan uñas, dientes y cerebro para sobrevivir. Aunque hay discusión sobre si es una serie feminista o todo lo contrario, no puedo dejar de acosaros para que la veáis (a esto nos dedicamos los fans, verídico) y si os apetece darme vuestra opinión sobre este asunto, os espero en los comentarios 🙂

3) El Ministerio del Tiempo. Rompemos una lanza a favor de lo patrio, hombreya. Definitivamente, El Ministerio del Tiempo se marca y remarca como una serie española de una calidad indiscutible, con viajes a través de la historia de nuestro país y toques de humor crítico de ese que nos mola tanto. Además de cuestionar y mostrar los roles de la mujer a lo largo de las diferentes épocas, también trata de visibilizar las figuras femeninas de nuestra historia que hayan podido quedar sepultadas ante la marabunta patriarcal. ¡Qué hacéis que no estáis viendo esta serie! 😦

4) Sense8. Locura, pero locura buena, de las que te inundan de amor y alegría y buena vibra. Los personajes de Sense8 son lo más bonito, diverso, igualitario y antiheteropatriarcal que existe en el mundo mundial. Pasa de sobra el test de Bechdel, pero además de eso, nos muestra personajes fuertes de todas las procedencias, identidades y subjetividades, que se entienden y empatizan entre sí. Además, ya está acabada, no te morderás las uñas esperando al final.

5) Black Mirror. También archiconocida saga medio distópica que plantea un futuro no tan lejano dominado por las nuevas tecnologías, y cómo éstas influyen en la vida de los personajes normalmente de forma catastrófica. Cada capítulo funciona de forma independiente a los demás, con personajes y tramas distintos. Depende del capítulo, pasa el test de Bechdel o no, pero podemos decir que, en conjunto, hay protagonistas mujeres que son fuertes y valientes, y cuyas vidas no giran necesaramiente en torno al hombre. Y ahora, con más razón para verla, tras la maravilla de Bandersnatch.

6) Nola Darling. Oda al amor libre, a diferentes formas de relacionarse con el sexo masculino siendo una mujer fuerte, artista, independiente, de clase media-baja. Trata diferentes temáticas que no solemos ver en series típicas, como la gentrificación, el acoso callejero o las dificultades de una artista mujer afroamericana más allá de su género o racialización. Y, además, es divertida y entretenida. En serio, es poco conocida, pero tenéis que verla. Por favor.

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Más claro, agua. Foto: Netflix

7) Perdidos. La serie mítica por antonomasia, y una de mis favoritas por el cariño que le tengo. A pesar de tener ya sus añitos a las espaldas (sí, nos hacemos mayores, no viene mal recordarlo), esta serie está protagonizada no sólo por machomens náufragos como Sawyer o Jack, sino también por mujeres fuertes y supervivientes como Kate, Claire o Juliet que, aunque se enamoran como muchxs lo hacemos, tienen sus vidas y preocupaciones independientemente de los hombres. Además, muchos de sus protagonistas no son blancos estadounidenses, menos mal.

8) Big Little Lies. La serie de la sororidad. Todo lo que diga de ella es destriparla, así que vedla, que es cortita, brillante, con un reparto espectacular y desprende feminismo por los poros. Y ver a Nicole Kidman siempre da gustito.

9) El cuento de la criada. Serie muy feminista y mucho feminista, rotundamente en contra de utilizar los cuerpos de las mujeres para cualquier cuestión. Y no os voy a decir nada más al respecto, porque os la destriparía. En serio, vedla, o también podéis leer el libro en el que se basa.

10) Queridos blancos. En una institución universitaria, una estudiante afroamericana dirige y realiza un programa de radio dirigido a lxs blancxs sobre cuestiones de racialización y discriminación racial. Bajo esta premisa, cada capítulo nos va mostrando, en clave de humor irónico y crítico hacia la sociedad dominante, los problemas y las cuestiones de la vida diaria a los que se enfrenta un grupo de estudiantes afroamericanos. En esta serie no sólo se trabaja la interseccionalidad mujer-racializada, gay-racializado, y otras tantas, sino que además se establecen tramas interesantes y que atrapan al espectador. Sublime, e igualmente poco conocida.

Supongo que algunas de estas series las habréis visto, si sois seriéfilxs como yo, pero ¿hay alguna que no conocíais? ¿Os animáis a comentarme qué os parecieron en los comentarios? 🙂

Abrazos para todxs ❤

Entrando en las catacumbas (II).

Si te has perdido el principio de esta historia, en la que te cuento mis primeras impresiones sobre el voluntariado que realicé en prisión, ¡vente aquí! 🙂

Cuando entras en prisión, la atmósfera es diferente de cualquier otro lugar en el que hayas podido estar. Todo es distinto, es mucho más distinto que la idea preconcebida que tenemos normalmente.

Al entrar en el módulo, yo iba como quien se deja llevar sin frenos cuesta abajo. Pero bueno, ya que estamos, pues estamos a gusto. “Lo he decidido yo, nadie me ha puesto una pistola en la cabeza para hacer esto. Sé que no me voy a arrepentir; aunque pase este primer mal trago, sé que al final seré feliz con esto”.

Cuánta razón tenía, y lo que me costaba creérmelo de verdad.

Cuando se abrieron las últimas puertas, que daban acceso finalmente al módulo en sí, ya nos estaban esperando unos cuantos. Otros tantos se acercaron al vernos entrar, con la curiosidad marcada en los ojos.

“¿Quiénes sois? ¿Venís a hacer un taller?”

“Encantado, chicas, yo me llamo…”, y dos besos, y un apretón de manos.

“Yo a ti te he visto antes, tú venías el año pasado, ¿a que sí?”

“Illo, dejarlas ya tranquilas a las mushashas que vienen a dar un taller”, replica uno de ellos. Y, con la voz suavizada, se dirige a nosotras: “Venirse pa acá que son mu’ pesaos, perdonarles señoritas.”

Y empezamos el taller, y yo estaba literalmente acojonada. Pero la hora pasó, y el miedo se escapó por la ventana poco a poco porque nadie le hacía caso.

No os puedo contar detalladamente qué hablamos durante la hora en la que estuvimos con ellos, porque nos comprometimos a no sacar fuera lo que compartíamos allí dentro. Pretendíamos que fuera un espacio para nosotrxs, para reflexionar y para aprender unxs de otrxs. Fue exactamente eso lo que queríamos crear, y a día de hoy, habiendo finalizado ya el taller, puedo decir que lo conseguimos.

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Imagen tomada de Pixabay

Al principio, sus actitudes eran muy cautelosas, tanto que me sorprendieron. Trataban de mostrarse todo lo educados que podían, “colocarse sus mejores galas” y darnos una buena impresión. Están marcados por un estigma tan fuerte que se ven en la necesidad de derribarlo en cuanto tienen oportunidad, y esa era la forma en la que lo intentaron en ese momento y con esas circunstancias. Pero nosotras queríamos crear un ambiente diferente, un espacio de seguridad, tranquilidad y confianza. Un espacio donde pudieran compartir lo que de verdad son, y no lo que tienen que demostrar que son. Y no pasa nada, porque no estábamos ahí para juzgar a nadie.

Quizá una de las cosas más valiosas que he aprendido es a “separar” los juicios de mí y dejarlos aparcados durante un momento. Las personas juzgamos, y muchas de nosotras juzgamos continuamente. Yo, antes de empezar el voluntariado, me consideraba abanderada de la moral y la ética por los principios que tengo y la fuerza que ellos tienen en mí. Siempre he asumido que hay cosas que no se pueden consentir, y una de ellas es el crimen; y con no consentir, me refiero a ser implacable. Pero cuando estás trabajando con personas que los han cometido, tienes que deshacerte por un momento de los juicios: no estás ahí para eso, no son necesarios. Incluso tienes que intentar comprender el crimen. He tenido que pasar de no tolerar cosas inadmisibles, a tratar de comprenderlas -que no significa justificarlas, ojo. Es ese pequeño matiz lo realmente problemático: la delgada línea entre la necesidad de comprender el por qué, entender que la vida es una sucesión de causas y efectos, y la justificación de hechos que no pueden tolerarse.

Creo que la actitud de “esto está mal, no se puede consentir, y punto y final” te deja a medias en el proceso. No es útil porque no estás atajando la causa, la raíz de ese hecho que no se puede consentir. Lo más difícil para mí, y a la vez lo más valioso, ha sido tener que modificar mis esquemas mentales sobre cómo se deben tratar asuntos como el robo, la violencia, el maltrato, la enfermedad mental o el tráfico de drogas. Llegar al punto de estructurarlos a modo de “esto es un hecho injustificable, pero es necesario comprenderlo para atajar el problema desde su causa”. Y para eso, te tienes que poner en el lugar de la persona que comete el hecho, y ahí entramos en el problema. La sociedad de los principios morales y la ética no acepta ponerse en el lugar de un criminal, porque cree que de esa forma se justifican sus actos. De hecho, diría que en muchos casos, y según el crimen, ni siquiera se les considera personas, así que, ¿cómo te vas a plantear siquiera intentar comprenderles?

Pero, claro, lo complicado de esto es no llegar al punto de justificarlos. Lo que yo quiero para mí es saber quedarme en esa línea, dejar atrás la ceguera pero no vulnerar mis propios principios.

Me encantaría conocer vuestra opinión sobre la forma que consideráis mejor para tratar temas tan delicados como estos. ¡Anímate y dime lo que te apetezca en los comentarios! 🙂

Primera vez en un hostel: Comebackpackers, en Berlín.

Hace apenas una semana, estaba disfrutando de una primera experiencia, cuanto menos, estrambótica: la primera vez en un hostel, albergue o como queráis llamarlo.

Ya os contaba aquí que nos íbamos a ver Berlín y Praga en una semana mi hermana desde los 3 años, Belu, y yo. Acabo de venir hace nada de este viaje tan especial, y tengo tantas cosas que contar que no sé ni por dónde empezar. ¿Qué mejor que hacerlo por el principio?

Nada más atravesar el aeropuerto de Schonëfeld, tras un vuelo bastante tenso de unas 2h y 30 y una noche de dormir aproximadamente 1 h, llegamos al metro berlinés. Siguiendo las indicaciones que preparó Belu, nos dirigimos a la parada de Kottbuser Tor, en el barrio de Kreuzberg. Caminar por allí es sorprendente: da la sensación de estar en un lugar distópico, adulto. Si Kreuzberg fuera una persona, sería una mujer con una infancia difícil, quizá alcohólica, pero un genio. Los grafitis decoran las paredes, y las calles están atestadas de gente moderna, y de gente en decadencia. Un hombre, probablemente drogado o con el mono en auge, grita improperios en español sobre lxs alemanes. También hay muchas personas de distintas nacionalidades, sobre todo árabes; un mercado turco se extiende en la acera.

Hace más frío que en España; abrigadas y cargadas con las mochilas, buscamos el hostel. El GPS nos dirige hacia una especie de callejón circular con tiendas, bares y cafeterías, pero ni rastro de carteles que indiquen dónde está Comebackpackers. Decidimos preguntar en inglés a un hombre, que nos indica una puertecita pequeña en mitad de una fachada muy estrecha. Arriba, reza: “Comebackpackers”. Habíamos pasado por delante, pero está bien camuflada.

 

Llamamos al timbre, pero parece que no nos entendemos demasiado bien con las alarmas alemanas. Un hombre viene a dejar una carta, y nos abre. Estamos en un portal de un edificio antiguo, que no se parece en nada a la idea que yo tenía de un hostel; ni siquiera se asemeja en nada a un hotel habitual. Cuando subimos por las escaleras, un olor particular nos recibe; no sabría decir si agradable o desagradable. Atravesamos una cortina, y el panorama nos sorprende: una extraña mezcla entre cafetería, salón, cocina y sala de estar vintage se muestra ante nosotros. Tras la barra, un hombre bastante simpático nos da la bienvenida en inglés; un cartel sobre su cabeza indica que “Comebackpackers is not your mother”. Vale.

Chapurreando malamente en inglés, logramos entendernos con el hombre tras la barra, que nos indica que el check-in no se hace hasta las 14:00; le dejamos las mochilas y nos tiramos en el sofá. Donde fueres, haz lo que vieres, que dicen lxs abuelxs, así que nos descalzamos y nos acomodamos, reventadas y con unas ojeras hasta el suelo.

Tenemos mucha hambre, y no sabemos muy bien a dónde tenemos que ir para comer, así que, tras un malentendido por el idioma con el hombre de la barra, acabamos cogiéndole comida a la gente sin darnos cuenta de que cada unx tiene lo suyo, con etiquetas con sus nombres, hasta que un hombre nos indica que “no, no, it’s mine”. Ups. Muertas de vergüenza, le pedimos perdón y nos bajamos a comprar algo para desayunar.

Por fin llega la hora del check-in: el hombre de la barra, que creo que se llama Paul, nos da sábanas limpias, una llave para el candado de las taquillas y nos indica que entremos en la zona de las habitaciones. Tras una puerta, se extiende un corredor con dormitorios a la izquierda y baños a la derecha. Al final del todo, la zona de las duchas y una sala con un pequeño tocador con espejo, y continuando por otro corredor, parece que hay más habitaciones. La nuestra, la primera a la izquierda.

Entramos y nos encontramos con unas ocho literas, aproximadamente; todas las camas de abajo están ocupadas, sólo quedan las de arriba, estrechas y sin barras para evitar caerse desde arriba. Miedo me da. “Yo me voy a caer de aquí”, le digo a Belu. “Anda ya”, me responde. Spoiler: no me caí. Si te concentras mucho en no moverte antes de dormir, no te mueves. De verdad.

Nos sorprende ver que la gente se deja sus mochilas fuera de las taquillas, en el suelo, desperdigadas por ahí. El buen rollo se siente en el ambiente: la gente charla animadamente en inglés en la cafetería-salón, parece que se conocen de toda la vida, están como en su casa. Nosotras, cohibidas en un rincón y sin entender nada de inglés, observamos todo cual documental del National Geographic. Al final, acabamos conociendo a un español, intentamos entendernos con un inglés, e intercambiamos algunas palabras con una alemana. La gente se te acerca, y simplemente, te pregunta: “Where are u from?”. Sin más. Así de fácil es hacer amigxs en un hostel.

La verdad es que, tras tres noches en Comebackpackers, no sabría deciros muy bien qué opino. La experiencia ha sido totalmente diferente. Si eres una persona escrupulosa, huye: no es un lugar limpio y pulcro. Si te apetece sentirte como en casa, conocer a otrxs viajerxs y beberte 0,5 L de cerveza berlinesa por 2 €, adelante. El buen rollo, el ambiente y la confianza hacen que pases por alto al señor de la limpieza –que tiene tela-, o el poco grosor de los colchones, o las literas sin barras, o los mosquitos tigre de las duchas. Eso, y la cerveza, por supuesto. Si quieres vivir de verdad una experiencia mochilera, ¡tírale! Pero no es un hotel, es una casa con mucha gente, con todo lo que ello conlleva.

¿Volvería? Ni idea. ¿Fue inolvidable? Por supuesto.

Nos vemos a la próxima, abracitos a todxs.